Para llegar a ella hay que tomar un ferry (o transbordador) que une New York con New Jersey, al que se ingresa como si uno fuera a subir a un avión: con todas las jodidas medidas de seguridad. Los nuevayorquinos siguen sicoseados.
Ya en tierra firme, con modorra por el paseo, es preferible quedarse a dormitar en el ferry, calientito, mientras los demás pasajeros bajan para ir al museo de no se qué, entrar en la dama, subir sobre ella, tomarse fotos y comprar souvenirs made in China. Algún folleto dejado por ahí te dará datos interesantes: tamaño de la mano de la estatua: 5 m; de su dedo índice: 2,4 m; de su ñata: 1,3 m; de su brazo derecho: 12,8 m; de su ojo: 0,76 m; y de su boca: 0,91 m.
Dicen que desde su inauguración en 1886 fue la primera visión que tenían los inmigrantes europeos al llegar a los Estados Unidos, tras atravesar el Atlántico. Para mí era la última visión que tenía luego de abandonar la pequeña isla de La Libertad.
De regreso, otra vez sobre el agua y mirándola a lo lejos, pienso en lo chata que es la libertad en los Estados Unidos. ¿Será que los gringos roban libertades ajenas para alimentar su pequeña Libertad?
Al final de todo, para decir “yo estuve allí”, una foto de la Libertad, pero de espalda.
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