miércoles 15 de julio de 2009

Busco novia

¿Alguien?

viernes 10 de julio de 2009

Café Tacvba

Ayer fui al concierto de los Radiohead latinoamericanos: Café Tacvba 2020. La chilanga banda ofreció tres horas de puro furor chingón en una noche increíble; pero lo que me sucedió en medio de todo fue aún más increíble.
En el momento en que “no me hubieras dejado esa noche, porque esa misma noche encontré un amor” volaba y atravesaba memorias y sentidos, mis ojos se cruzaron con los de una mujer que parecía volar y atravesar mi memoria y mis sentidos. “Mi soledad siempre ha pertenecido a ti.” Era alta y rubia. Su mirada caramelo se pegó a la mía. Se acercó, me acerqué. Le sonreí, me sonrió. Eres tú, me dijo. Te encontré. Sí, soy yo, le dije. Te encontré. Hilvanamos nuestros sonrojos y nos tomamos de la mano.
Como dicen los Cafetas, “los cochinos no fuman yerba”.
¡Paparapapa ue ue oooooo…!

jueves 9 de julio de 2009

¡Feliz 28!

Julio es el mes de la patria, pero junio de 2009 será por siempre el mes de la muerte.
En sus feos días autoridades estúpidas se enfrentaron a unos inconscientes protestantes y el resultado, como siempre, fue negativo para los más humildes: la sangre de 24 policías y 10 nativos tiñó de rojo absurdo el norte de la vida de los peruanos.
Y en los días más fríos e indiferentes de ese funesto mes, la falta de un puto abrigo, y otra vez la estúpida autoridad, ocasionó la muerte de 154 niños pobres en el olvidado sur.
Porque junio fue de duelo, de bofetadas al corazón de un triste país de las maravillas, julio debe ser de luto. Lo justo.
Con la bandera peruana a media asta, ¡Feliz 28!

Bandera a media asta - Iniciativa de todos

viernes 3 de julio de 2009

Is Cusco a gay city?

Excuse me, why the whole city is filled with gay flags?
Hello. Because Cusco is a gay city.
Really?
No, no, just kidding. I’m Enrique, and you?
I’m Karem. Nice to meet you.
Nice to meet you too, Karem.

Este diálogo se produjo entre una sorprendida y perdida turista francesa y este blogger, cuando ambos coincidimos en una banquita de la Plaza de Armas de la ciudad del Cusco. Ella, de unos 25 años, no sabía que la bandera que veía izada a diestra y siniestra no es, para los cusqueños, la de los gays, sino la del Imperio de los Incas. What?

Durante junio todas las calles, plazas, avenidas, instituciones, casas, tiendas, iglesias, etc. de la Capital Histórica del Perú y Patrimonio Cultural de la Humanidad, Cusco, exhiben pequeñas, medianas y grandes banderas gays por invitación expresa de la alcaldía como parte de las fiestas jubilares de la ciudad. Junio es el mes del Cusco y la Fiesta del Sol o Inti Raymi, celebrada el 24, uno de los momentos memorables.
Y digo bandera gay porque lo es. La adoptada hace dos décadas por las autoridades del Cusco como su símbolo no representó al imperio incaico. La Academia Peruana de Historia ya lo dijo en el 2003: “el uso oficial de la mal llamada bandera del Tahuantinsuyo es indebido y equívoco”, porque en el mundo andino anterior a la llegada de los españoles no existió el concepto de bandera y, por tanto, no corresponde a su contexto histórico.
El origen de la bandera multicolor en el Perú es una invención del siglo XX, cuatro siglos después de la desaparición del Tahuantinsuyo o Imperio de los Incas. Dijo en el 2006 la historiadora viva más respetada del país, María Rostorowski: “No existió ninguna bandera en el mundo prehispánico. Grábenselo bien.”, pero no. En el Cusco la siguen usando año tras año, ceremonia tras ceremonia, porque algunos cusqueños no quieren aceptar ni entender que en realidad no representa al orgullo incaico, sino al orgullo gay.
La historia dice que fue en 1978 que la oficializaron y usaron para identificar a la comunidad homosexual durante la Parada por la Libertad de Gays y Lesbianas en San Francisco, EE. UU., a partir de una creación del artista Gilbert Baker, “quien la diseñó como respuesta a la necesidad de un símbolo que pudiera usarse año tras año en las marchas”. Su primer diseño constaba de ocho líneas donde cada color representaba algo: rosa para el sexo, rojo para la vida, naranja para la salud, amarillo para el sol, verde para la naturaleza, turquesa para el arte, azul para la armonía y violeta para el espíritu.
En el Perú, una investigación publicada por el diario El Comercio (2000) señaló como autor de la bandera al ingeniero Raúl Montesinos Espejo, dueño de la radio Tahuantinsuyo, quien en 1973 la utilizó al conmemorar el 25 aniversario de su radioemisora (y seguramente tras leer a algún imaginativo indigenista que afirmó su existencia). Luego su uso y la confusión se fueron extendiendo tanto (para todos era ya “la bandera del Tahuantinsuyo”) que en 1978 la alcaldía del Cusco la declaró emblema de la ciudad.
Tras mi aguda y trascendental investigación (¿?) puedo afirmar que en realidad ambas son muy similares (¡Colón!): la actual bandera gay tiene seis franjas de colores y la que dicen es de los incas, siete. Pero sólo la primera es reconocida oficialmente por el Congreso Internacional de Fabricantes de Banderas. ¿Que quiénes son estos? Pues sabe dios, pero eso dicen por ahí.
Pero si en el Cusco la quieren seguir usando oficialmente y continuar con el roche histórico, pues adelante. Yo igual agradeceré por siempre a los apus por hacer que esas benditas telas de colores confundan a una linda francesita que me deleitó con su marsellesa mientras le dedicaba mi cóndor pasa. Merci beaucoup. Dyusulpaa. Thank you.

sábado 27 de junio de 2009

¿Nadie la ha visto?

Hasta hoy "La loca de blanco" ha recibido más 300 leídas. Glacias mijente, como dice Calle 13 (tlece). Pero... ¿nadie más la ha visto?

domingo 21 de junio de 2009

La loca de blanco

La loca de blanco parece un tronco orondo. Es grandota. Cuando se detiene al lado de algún viejo árbol de la Plaza Bolívar me pregunto quién es quién. Viste de blanco sucio y usa tacones gastados. O lejanos. Y es grandota. A veces se sienta durante horas en una callecita cercana, en silencio, a veces camina como si volara.
Su vida transcurre entre los estrechos caminos del viejo e histórico centro de Pueblo Libre. Muchas noches la he visto en su pequeño banquito mirando al vacío, pacífica, con sus bolsos al lado, su pelo castaño desteñido, su rostro bronceado y siempre de blanco, pero de blanco sucio. Casi nunca está de pie, pero cuando va, sobre todo en las madrugadas, difícilmente pasa desapercibida. No anda desarreglada ni despeinada. Usa una especie de túnica o faldón que le da un aire de misticidad.
Debe tener unos 40 años. Y aunque nunca la he escuchado hablar, sí la he visto fumar. Cigarros blancos, como debe ser. No sonríe, pero su mirada regala lo que muchos cuerdos buscan con desilusión: paz, que dicen es blanca como sus vestidos, sus zapatos y sus cigarrillos. Porque la loca de blanco parece un fantasma, pero también un ángel.
Hay locuras bellas y ella es una de ellas. La mía, a comparación de la suya, debe ser fea y burda. El triste remedo de un chiflado. Y es que no tengo la capacidad de la auténtica locura. Esa que abraza y transporta a otros mundos. Esa que hace que la risa o el llanto sean solo unos actos simplones de la vida y no las muestras tangibles de sentimientos extremos.
Hace unas semanas, cuando caminaba de madrugada por una de las callecitas de la Magdalena Vieja, pude ver a la loca instalada en su diminuto asiento en medio de la calle por la que yo caminaba. Nunca le he tenido miedo. Ni siquiera en momentos como ese, en que solo existíamos ella y yo. Por eso seguí mi camino. Y al pasar por su lado, de pronto, algo me impulsó a ir más despacio. Sentí su verde mirada. Me detuve. Volteé a verla. Ella me miraba fijamente. Nos vimos en el silencio. Luego cerró los ojos, alzó la cabeza y abriendo los brazos al cielo me dijo: “Para olvidar hay que hacer el amor y fumarse un porro”.
Desde esa fría noche de otoño no he sido el mismo. La loca de blanco de Pueblo Libre hizo que yo la quiera. Que la busque y la quiera. Su sabia locura me desnudó y me redujo a la condición de ser humano cuerdo. Ese que goza con pequeños momentos felices y cae cuando le llegan penas y desilusiones. Un llamado hombre cuerdo que no puede olvidar. Porque que eso eres, me dijo la loquita calladamente. Eso eres y me abrazó en su piedad. Me dio la panacea.
Por eso ahora no recuerdo ni mi nombre.

viernes 12 de junio de 2009

Picasso

"Portrait of an Artist". By Philip Scott Johnson.

viernes 5 de junio de 2009

El asalto

Una noche, en algún lugar de un gran país, nos asaltaron. Y digo nos porque mi amigo Alx y yo fuimos las víctimas de aquel oscuro y penoso episodio que poco a poco ha ido convirtiéndose en anécdota. De esas que cuentas a tus amigos, a modo de catarsis, para que te compadezcan y te aconsejen y se rían. En ese orden. Sin embargo, a diferencia de otros hechos que han nacido de una alucinación, este sí sucedió.
La noche había iniciado divertida. Or, Alx y yo habíamos escuchado unas cervezas y bebido unos boleros en un bar de mala muerte, pero de buena compañía. Luego del último salud salimos y caminamos por uno de esos jirones que ofrecen alegrías baratas a gente infeliz. Cruzamos una enorme plaza y llegamos a una discoteca en donde esperaba Car rodeado de cinco niñas. Entramos, nos acercamos, saludamos y bebimos juntos. Reímos, saltamos, bailamos y bebimos y bebimos. El alcohol es el regalo de una diosa bacante.
Al salir exhaustos y medio ebrios, Alx y yo tomamos un taxi. Ninguno se fijó en el rostro del chofer. Ninguno se percató siquiera si tenía el letrero de taxi. Estábamos en el estado en que uno confía por necesidad. Subimos al asiento posterior y nos condujo por el camino indicado. Siguió conduciendo hasta que, de manera sorpresiva, dobló por una fosca y angosta calle. Detuvo el coche en seco. Levantó los pestillos eléctricos. Las puertas se abrieron desde fuera. Y más de una docena de brazos nos bajaron como costales de basura.
El momento fue violento. El cómplice y ruin taxista se fue y nos dejó con más de seis buitres miserables. Las imágenes que evoco son difusas, pero recuerdo haber visto a tres de ellos bolsiqueando a Alx, que yacía tirado en medio de dos aceras fantasmales a las cuatro de la madrugada. Los demás sobre mí: uno me mantenía de pie con su brazo enrollado en mi cuello, ahogándome, otro me golpeaba y un tercero sacaba hasta la pelusa del fondo de mis bolsillos. No podíamos hacer nada. O no debíamos.
"Fue domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)”, dice Vallejo. Y es que nos dejaron así, tristes, abatidos. La rapiña engulló nuestras pocas pertenencias y las sobras de la noche, pero eran nuestras sobras y nuestras pocas pertenencias. Cuando te roban un objeto se llevan también algo de ti. Y a nosotros ese algo nos dejó un vacío informe y nos sumió en un pobre domingo de invierno. Por qué, nos preguntábamos. Por qué.
Las preguntas sobre la vida o la muerte no tienen respuesta. Como las del amor o la justicia. Nadie nos enseña a vivir o a morir. Y a veces, como aquella noche, solo somos como esos solitarios acróbatas y equilibristas del circo de Picasso, pero de una cuerda que divide el bien del mal. Y nos resignamos a eso que llaman destino. Pero c'est la vie. La que a pesar de sus golpes y caídas, agradeces. Porque quién dijo que todo está perdido si solamente morimos los domingos. Gracias, dijimos. Las sombras no se habían llevado todo. No por compasión ni caridad, sino porque las ratas muerden pero no piensan. Un invisible bolsillo de Alx nos obsequió el regreso a nuestras casas.

Y así, flacos, ojerosos, cansados y sin ilusiones, y echándole la culpa a la noche, a la playa y a la lluvia, nos alejamos de toda iniquidad. Yo me fui con mi poquita fe y Alx con su hola soledad.

domingo 31 de mayo de 2009

Querido Mauricio

Hace un año, cuando aún vivías cerca de mis abrazos y mis reniegos, viniste a visitarme a esta mi cajita de fósforo, que a veces se enciende y a veces se apaga. Tocaste la puerta y te recibí con el cariño que solo tu inocente presencia alimentaba. Te abracé y me obsequiaste algo que habías hecho en tu escuela. Lo hice para ti, tío. Gracias papito, te dije.
Recuerdo que aún estaba en la cama cuando tomé tu pequeño trabajo en mis manos y soñoliento te dije que te quedó muy bonito. En realidad no supe bien de qué se trataba hasta unas horas más tarde cuando vi que era una especie de pancarta en miniatura hecha de una paleta de médico, cartulinas, cartón corrugado y plumones. En ella pude ver a un cigarro en alto relieve con rostro de espanto y una línea de cartulina roja atravesando su diminuto cuerpo. Algo muy parecido a la señal de tránsito “No estacionar”. En la parte inferior pude leer “Día del no fumador / 31-05-08”.
Debo confesarte que no suelo guardar por mucho tiempo todo lo que llega a mis manos. Cada cierto periodo mis cajones y estantes reciben un barrido de emociones que hace que muchas cosas se vayan o regaladas o arrojadas al destino de los objetos desolados. Pero no fue el caso de tu regalito. Ese aún lo conservo.

Seguramente tu abuela o tu madre te dieron la idea de que me lo regalases a mí. Y seguramente también las intenciones de quienes te pusieron a elaborarlo fueron la de desarrollar tu aprestamiento y tu afán creador; pero, también y por supuesto, crear en tu frágil consciencia la prohibición de “no fumar”.
A los tres años un niño es una especie de grabadora y repetidora andante, pero no creo que tu memoria me haya registrado como el tío fumador porque no recuerdo haberlo hecho en tu presencia. No porque lo considere un mal ejemplo, que además es lo único que puedo ofrecerte, sino porque encender o apagar un cigarro es a veces un deporte divertido.
Quiero contarte que yo aprendí a fumar en la universidad, cuando apenas estrenaba mi documento nacional de identidad, hace bastantes años. En ese entonces nadie en casa fumaba no por prohibición, sino, supongo, por falta de curiosidad e independencia económica. Además tus abuelos nunca lo hicieron y de tus cinco tíos yo era el único que lo hacía, pero en la calle.
Sería injusto para los sensatos fumadores considerarme uno de ellos. Esta práctica, como muchas otras en mi vida, ha sido mediocre. No recuerdo haberlo hecho de forma continua y tajante, sino intermitente y a cuenta gotas, salvo algunos periodos en los que me entregaba al tabaco como quien se entrega a un amante que sabe lo maltratará.
Me encantaría, querido sobrinito, luego de volver a apreciar tu pequeño regalo, pedirte que no fumes cuando seas adulto, pero no lo haré. Fumar o no fumar, como amar o como estudiar, es una cuestión de elección personal. Si lo haces o no, estarás gozando de aquello que pocos valoran, muchos desean, y todos conocen como libertad. Libertad para hacer de tu vida la mayor maravilla posible o la peor de las desgracias, pero libertad al fin. Libertad.
Por último quisiera que tus cuatro serafines años se enteren que si fumo lo hago en pleno uso de mis facultades mentales y exprimiendo mi extenuada libertad. Tal vez las razones para hacerlo sean mayores a las que me empujan a dejarlo. No lo sé. Pero tampoco me interesa saberlo porque ni molesto ni satisfago a nadie más que a mí cuando lo hago.
Y eso me gusta, me pone feliz. Tanto como lo seré aquel día en que me visites, y te reciba quizá con un cigarro entre los dedos, para que me cuentes que los ejemplos que te da la vida solo son sombras de tus propias decisiones y que te sientes libre de hacer lo que quieres hacer y libre de ser lo que quieres ser. Solo entonces sabré que tú también eres feliz.

Te quiero.

Tío Kike.

miércoles 27 de mayo de 2009

Encuentro en París

La conocí mientras lloraba sentada y sin consuelo en uno de esos típicos e incómodos asientos de aeropuerto. Cuando la vi llegar desesperada su avión ya estaba despegando. Quiso entrar, reclamó, pero fue en vano. Era una mañana fría en París. Hola, le dije.
La tristeza que expresaba su rostro hizo que me acercara a ella y le preguntase su nombre. Ángela Sofía, me respondió entre lágrimas. Yo soy Enrique, le dije. Me esbozó una sonrisa y me senté a su lado. Te ha dejado el avión, ¿no? A nosotros también, le conté al tiempo que señalaba a Cecilia que yacía sentada en un rincón junto a las maletas. Se calmó un poco, sintió algo de compañía, y me preguntó de dónde éramos.
Puede que parezca el principio de uno de esos chistes con personajes internacionales: “Había una vez una argentina, una chilena y un peruano...” Pero no, era la realidad: estábamos una argentina, una chilena y un peruano juntos en un aeropuerto porque nos había dejado el mismo avión y teníamos que esperar doce horas para regresar a Barcelona. Y ninguno tenía ni los ánimos ni el dinero suficiente para volver al centro de París y darse unas vueltas más.
Luego de presentarnos, pagar la multa por tardones y consolarnos triplemente, esperamos a que aclare un poco aquel cielo invernal, tan parecido al de Lima, para salir por los alrededores y caminar y estirarnos y respirar. Cecilia, como buena argentina canchera, propuso hacer un pequeño camping en uno de los jardines de ese pequeño, desolado y apartado aeropuerto de la ciudad de Beauvais. Lo hicimos apenas el sol asomó sus narices. No teníamos ni empanadas ni dulces ni un mate que ofrecer, pero sí mucho de qué hablar y reír.
Nuestra nueva amiga chilena era actriz y había estado en París saboreando interesantes experiencias teatrales. Había quedado tan encantada de su viaje que esa mañana olvidó la hora de salida del bus que la llevaría hasta el aeropuerto y tuvo que tomar un taxi que le costó tanto como el boleto a Barcelona. Pero ni así llegó a tiempo.
Cecilia, periodista platense, era mi compañera de expedición y de estudios. Habíamos viajado a la ciudad luz aprovechando unos días libres y la recorrimos y quisimos como aquellos latinoamericanos que la hicieron suya en los años sesenta. En nuestros paseos era inevitable no toparse con los escenarios parisinos de Rayuela o imaginar a Vallejo vaticinando su muerte en un París con aguacero.
Ambas, Ángela Sofía y Cecilia, eran dueñas de un verbo florido, una atractiva vida y cultura y un carisma que las hacía especiales. La espera junto a ellas era como un paseo entretenido que puso en segundo plano a las horas que faltaban para nuestro vuelo e hizo que olvidáramos el hambre que sentíamos, aunque no por mucho tiempo.
Al cabo de varias horas de charla en las que además la actriz y la periodista cantaron varias de Charly mientras yo les acompañaba con algún instrumento imaginario, les propuse comprar algo de comer. Dónde, era la pregunta. Y con qué, la del millón de euros. Nada por aquí, nada por allá. Pero son estos momentos en los que uno agradece a los dioses la existencia de las tarjetas de crédito. Merci beaucoup des dieux aimés!
Por sorteo y por ser el único caballero de fina estampa presente, tuve que caminar más de un kilómetro hasta llegar a un Burger King. En aquella carretera provinciana de Beauvais no había combis ni micros ni colectivos, sólo unos buses reprogramados con inviolables paraderos de salida y de llegada que no se detenían por nada del mundo.
Pero no importaba, ahora sí tendríamos nuestro camping, con hamburguesas y gaseosas, sol y campo verde. Y mucha risa y mucho compartir que mis chicas agradecerían tanto como yo. Tanto como ahora agradezco que ese avión nos haya dejado, porque ese fue el inicio de una perdurable y casi bendita amistad con Ángela Sofía, y el afianzamiento del cariño y el sempiterno afecto hacia Cecilia.