Recuerdo que aún estaba en la cama cuando tomé tu pequeño trabajo en mis manos y soñoliento te dije que te quedó muy bonito. En realidad no supe bien de qué se trataba hasta unas horas más tarde cuando vi que era una especie de pancarta en miniatura hecha de una paleta de médico, cartulinas, cartón corrugado y plumones. En ella pude ver a un cigarro en alto relieve con rostro de espanto y una línea de cartulina roja atravesando su diminuto cuerpo. Algo muy parecido a la señal de tránsito “No estacionar”. En la parte inferior pude leer “Día del no fumador / 31-05-08”.
Debo confesarte que no suelo guardar por mucho tiempo todo lo que llega a mis manos. Cada cierto periodo mis cajones y estantes reciben un barrido de emociones que hace que muchas cosas se vayan o regaladas o arrojadas al destino de los objetos desolados. Pero no fue el caso de tu regalito. Ese aún lo conservo.

A los tres años un niño es una especie de grabadora y repetidora andante, pero no creo que tu memoria me haya registrado como el tío fumador porque no recuerdo haberlo hecho en tu presencia. No porque lo considere un mal ejemplo, que además es lo único que puedo ofrecerte, sino porque encender o apagar un cigarro es a veces un deporte divertido.
Quiero contarte que yo aprendí a fumar en la universidad, cuando apenas estrenaba mi documento nacional de identidad, hace bastantes años. En ese entonces nadie en casa fumaba no por prohibición, sino, supongo, por falta de curiosidad e independencia económica. Además tus abuelos nunca lo hicieron y de tus cinco tíos yo era el único que lo hacía, pero en la calle.
Sería injusto para los sensatos fumadores considerarme uno de ellos. Esta práctica, como muchas otras en mi vida, ha sido mediocre. No recuerdo haberlo hecho de forma continua y tajante, sino intermitente y a cuenta gotas, salvo algunos periodos en los que me entregaba al tabaco como quien se entrega a un amante que sabe lo maltratará.
Me encantaría, querido sobrinito, luego de volver a apreciar tu pequeño regalo, pedirte que no fumes cuando seas adulto, pero no lo haré. Fumar o no fumar, como amar o como estudiar, es una cuestión de elección personal. Si lo haces o no, estarás gozando de aquello que pocos valoran, muchos desean, y todos conocen como libertad. Libertad para hacer de tu vida la mayor maravilla posible o la peor de las desgracias, pero libertad al fin. Libertad.
Por último quisiera que tus cuatro serafines años se enteren que si fumo lo hago en pleno uso de mis facultades mentales y exprimiendo mi extenuada libertad. Tal vez las razones para hacerlo sean mayores a las que me empujan a dejarlo. No lo sé. Pero tampoco me interesa saberlo porque ni molesto ni satisfago a nadie más que a mí cuando lo hago.
Y eso me gusta, me pone feliz. Tanto como lo seré aquel día en que me visites, y te reciba quizá con un cigarro entre los dedos, para que me cuentes que los ejemplos que te da la vida solo son sombras de tus propias decisiones y que te sientes libre de hacer lo que quieres hacer y libre de ser lo que quieres ser. Solo entonces sabré que tú también eres feliz.
Tío Kike.
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