domingo, 31 de mayo de 2009

Querido Mauricio

Hace un año, cuando aún vivías cerca de mis abrazos y mis reniegos, viniste a visitarme a esta mi cajita de fósforo, que a veces se enciende y a veces se apaga. Tocaste la puerta y te recibí con el cariño que solo tu inocente presencia alimentaba. Te abracé y me obsequiaste algo que habías hecho en tu escuela. Lo hice para ti, tío. Gracias papito, te dije.
Recuerdo que aún estaba en la cama cuando tomé tu pequeño trabajo en mis manos y soñoliento te dije que te quedó muy bonito. En realidad no supe bien de qué se trataba hasta unas horas más tarde cuando vi que era una especie de pancarta en miniatura hecha de una paleta de médico, cartulinas, cartón corrugado y plumones. En ella pude ver a un cigarro en alto relieve con rostro de espanto y una línea de cartulina roja atravesando su diminuto cuerpo. Algo muy parecido a la señal de tránsito “No estacionar”. En la parte inferior pude leer “Día del no fumador / 31-05-08”.
Debo confesarte que no suelo guardar por mucho tiempo todo lo que llega a mis manos. Cada cierto periodo mis cajones y estantes reciben un barrido de emociones que hace que muchas cosas se vayan o regaladas o arrojadas al destino de los objetos desolados. Pero no fue el caso de tu regalito. Ese aún lo conservo.

Seguramente tu abuela o tu madre te dieron la idea de que me lo regalases a mí. Y seguramente también las intenciones de quienes te pusieron a elaborarlo fueron la de desarrollar tu aprestamiento y tu afán creador; pero, también y por supuesto, crear en tu frágil consciencia la prohibición de “no fumar”.
A los tres años un niño es una especie de grabadora y repetidora andante, pero no creo que tu memoria me haya registrado como el tío fumador porque no recuerdo haberlo hecho en tu presencia. No porque lo considere un mal ejemplo, que además es lo único que puedo ofrecerte, sino porque encender o apagar un cigarro es a veces un deporte divertido.
Quiero contarte que yo aprendí a fumar en la universidad, cuando apenas estrenaba mi documento nacional de identidad, hace bastantes años. En ese entonces nadie en casa fumaba no por prohibición, sino, supongo, por falta de curiosidad e independencia económica. Además tus abuelos nunca lo hicieron y de tus cinco tíos yo era el único que lo hacía, pero en la calle.
Sería injusto para los sensatos fumadores considerarme uno de ellos. Esta práctica, como muchas otras en mi vida, ha sido mediocre. No recuerdo haberlo hecho de forma continua y tajante, sino intermitente y a cuenta gotas, salvo algunos periodos en los que me entregaba al tabaco como quien se entrega a un amante que sabe lo maltratará.
Me encantaría, querido sobrinito, luego de volver a apreciar tu pequeño regalo, pedirte que no fumes cuando seas adulto, pero no lo haré. Fumar o no fumar, como amar o como estudiar, es una cuestión de elección personal. Si lo haces o no, estarás gozando de aquello que pocos valoran, muchos desean, y todos conocen como libertad. Libertad para hacer de tu vida la mayor maravilla posible o la peor de las desgracias, pero libertad al fin. Libertad.
Por último quisiera que tus cuatro serafines años se enteren que si fumo lo hago en pleno uso de mis facultades mentales y exprimiendo mi extenuada libertad. Tal vez las razones para hacerlo sean mayores a las que me empujan a dejarlo. No lo sé. Pero tampoco me interesa saberlo porque ni molesto ni satisfago a nadie más que a mí cuando lo hago.
Y eso me gusta, me pone feliz. Tanto como lo seré aquel día en que me visites, y te reciba quizá con un cigarro entre los dedos, para que me cuentes que los ejemplos que te da la vida solo son sombras de tus propias decisiones y que te sientes libre de hacer lo que quieres hacer y libre de ser lo que quieres ser. Solo entonces sabré que tú también eres feliz.

Tío Kike.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Encuentro en París

La conocí mientras lloraba sentada y sin consuelo en uno de esos típicos e incómodos asientos de aeropuerto. Cuando la vi llegar desesperada, su avión ya estaba despegando. Quiso entrar, reclamó, pero fue en vano. Era una mañana fría en París. Hola, le dije.
La tristeza que expresaba su rostro hizo que me acercara a ella y le preguntase su nombre. Ángela Sofía, me respondió entre lágrimas. Yo soy Enrique, le dije. Me esbozó una sonrisa y me senté a su lado. Te ha dejado el avión, ¿no? A nosotros también, le conté al tiempo que señalaba a Cecilia que yacía sentada en un rincón junto a las maletas. Se calmó un poco, sintió algo de compañía, y me preguntó de dónde éramos.
Puede que parezca el principio de uno de esos chistes con personajes internacionales: “Había una vez una argentina, una chilena y un peruano...” Pero no, era la realidad: estábamos una argentina, una chilena y un peruano juntos en un aeropuerto porque nos había dejado el mismo avión y teníamos que esperar doce horas para regresar a Barcelona. Y ninguno tenía ni los ánimos ni el dinero suficiente para volver al centro de París y darse unas vueltas más.
Luego de presentarnos, pagar la multa por tardones y consolarnos triplemente, esperamos a que aclare un poco aquel cielo invernal, tan parecido al de Lima, para salir por los alrededores y caminar y estirarnos y respirar. Cecilia, como buena argentina canchera, propuso hacer un pequeño camping en uno de los jardines de ese pequeño, desolado y apartado aeropuerto de la ciudad de Beauvais. Lo hicimos apenas el sol asomó sus narices. No teníamos ni empanadas ni dulces ni un mate que ofrecer, pero sí mucho de qué hablar y reír.
Nuestra nueva amiga chilena era actriz y había estado en París saboreando interesantes experiencias teatrales. Había quedado tan encantada de su viaje que esa mañana olvidó la hora de salida del bus que la llevaría hasta el aeropuerto y tuvo que tomar un taxi que le costó tanto como el boleto a Barcelona. Pero ni así llegó a tiempo.
Cecilia, periodista platense, era mi compañera de expedición y de estudios. Habíamos viajado a la ciudad luminosa aprovechando unos días libres y la recorrimos y quisimos como aquellos latinoamericanos que la hicieron suya en los años sesenta. En nuestros paseos era inevitable no toparse con los escenarios parisinos de Rayuela o imaginar a Vallejo vaticinando su muerte en un París con aguacero.
Ambas, Ángela Sofía y Cecilia, eran dueñas de un verbo florido, una atractiva vida y cultura y un carisma que las hacía especiales. La espera junto a ellas era como un paseo entretenido que puso en segundo plano a las horas que faltaban para nuestro vuelo e hizo que olvidáramos el hambre que sentíamos, aunque no por mucho tiempo.
Al cabo de varias horas de charla en las que además la actriz y la periodista cantaron varias de Charly mientras yo les acompañaba con algún instrumento imaginario, les propuse comprar algo de comer. Dónde, era la pregunta. Y con qué, la del millón de euros. Nada por aquí, nada por allá. Pero son estos momentos en los que uno agradece a los dioses la existencia de las tarjetas de crédito. Merci beaucoup des dieux aimés!
Por sorteo y por ser el único caballero de fina estampa presente, tuve que caminar más de un kilómetro hasta llegar a un Burger King. En aquella carretera provinciana de Beauvais no había combis ni micros ni colectivos, sólo unos buses reprogramados con inviolables paraderos de salida y de llegada que no se detenían por nada del mundo.
Pero no importaba, ahora sí tendríamos nuestro camping, con hamburguesas y gaseosas, sol y campo verde. Y mucha risa y mucho compartir que mis chicas agradecerían tanto como yo. Tanto como ahora agradezco que ese avión nos haya dejado, porque ese fue el inicio de una perdurable y casi bendita amistad con Ángela Sofía, y el afianzamiento del cariño y el sempiterno afecto hacia Cecilia.

jueves, 21 de mayo de 2009

soledad, juventud y soltería

En “La viellese”, o la vejez, Simone de Beauvoir se hace una pregunta: “¿Cuál es la condición del anciano en una sociedad trepidante como la nuestra?”. Y se responde: “Miserable. Porque una vez usado por ella, y relegado de manera degradante, su sólo destino es el de esperar la muerte”. La existencialista francesa bordeaba los setenta años cuando publicó el libro. Y no se equivocada o exageraba porque ella misma había sido utilizada como todos y como todos, ya anciana, relegada y miserable, esperó solitaria su destino mortal.

Los fragmentos de texto siguientes no son de Simone ni sobre ella ni sobre la vejez, sino de asuntos más futiles y mundanos como la juventud, la soledad y la soltería. Le pertenecen a Bryce Echenique.

"Hoy nadie siente vergüenza de vivir solo. La mirada de la sociedad ha cambiado. Un soltero de 40 años ya no es, como antes, sospechoso de inclinaciones que atentaban contra la moral. Primero, porque la moral ya no reprueba tanto esas inclinaciones y, luego, porque ya no se les atribuye sistemáticamente a los solteros más recalcitrantes. La soltería en sí se enfrenta a un cambio de mentalidad y la imagen del solterón o solterona empieza a desaparecer de la mente colectiva para dar lugar a la de unos jóvenes que han sabido permanecer jóvenes más tiempo que los demás."

"La juventud se ha convertido casi en una forma de sabiduría y, sin duda, hoy Víctor Hugo no se atrevería a escribir un Arte de ser abuelo. El verdadero arte consiste actualmente en permanecer joven y en no ponerle límite alguno a la libertad de amar sin comprometerse, prolongando indefinidamente el plazo de una deliciosa irresponsabilidad. Todo es posible y nada es grave cuando se es joven. Y la asociación entre juventud y soltería provoca nostalgia entre los adultos casados. El matrimonio es un prisma deformante cuando a través de él se observa la soltería de otros. El hombre y la mujer casados tienden a atribuirles y envidiarles a los solteros todas las conquistas que no tuvieron."

"La soltería se ha convertido en un período de prueba en el que el individuo aprende a conocerse mejor y al que la moral de hoy se adapta perfectamente."

"La compañía de un animal subsana en cierta medida las soledades contemporáneas. En una sociedad dominada por el egoísmo, el estrés, la agresividad y la inestabilidad, el animal fiel y silencioso propone a los solitarios una auténtica y serena presencia. Nadie puede negar la ternura, la fidelidad de un animal doméstico. Aporta seguridad y equilibrio y, además, el dueño tiene alguien que lo necesita, alguien con quien puede hablar, alguien que lo quiere y que él quiere."

"Algunos solitarios quieren a su animal como si este fuera un ser humano... Pero también porque no lo es..."

Alfredo Bryce Echenique. "Entre la soledad y el amor" (2005).

domingo, 17 de mayo de 2009

Chau Benedetti

Te moriste y contigo un poco la poesía.
Tenías 88 años y viviste solo dos sin la compañera con la que contabas "no hasta dos o hasta diez sino" hasta el infinito. Creiste "en la vida y en el amor, en la ética y en todas esas cosas tan fueras de moda". Por eso "desde ahora la nostalgia será / un viento fiel que hará flamear tu muerte / para que así aparezcan ejemplares y nítidas / las franjas de tu vida".
Un día escribiste: "mi estrategia es / que un día cualquiera / no sé cómo ni sé / con qué pretexto / por fin me necesites". Y créeme, querido Mario, que te dio resultado: muchos, en algún momento de nuestras vidas, tuvimos la necesidad de abrazar tu corazón coraza.
Chau Benedetti.

Soledades

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
sería semejante a nuestra breve
presoledad
después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad
ya sé que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo
sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en esa sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo
los datos objetivos son como sigue
hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos
claro que la soledad no viene sola
si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se verá un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente
después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad
conforme
pero
qué vendrá después
de la soledad
a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si sé
que más allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estás vos
aunque sea preguntándome a solas
qué vendrá después
de la soledad.

viernes, 15 de mayo de 2009

Busco a un pintor

Pero no a cualquiera ni a uno de brocha gorda, sino a uno en especial: al que pintó este pequeño lienzo de 50 x 40 y que firmó como R. Tonani.
No sé quién es R.Tonani, pero quisiera encontrarlo y contarle que su pintura, que llegó a mis manos hace ya varios años por esas cosas raras del destino y por la providencia de unos pocos billetes, ha sido desalojada de la pared que la acogía y en la que se veía encantadora. Ahora yace donde antes se exhibía esta imagen por la que lo cambiaron.
La estampa de la virgen por el cuadro de un pintor desconocido. Un pintor al que busco porque quisiera pedirle que perdone la religiosidad de mi madre y mi fingida defensa por retener su obra en aquel muro blanco que hacía relucir. Un pintor al que quisiera pedirle que deje que la madonna goce un poco de los ojos que antes le pertenecían y que acepte por un tiempo el lugar en el que ahora está.
Algún día, mi estimado amigo pintor desconocido, la imagen de la virgen se descolorará y será el día de tu retorno, de tu segunda venida. Porque esto no se trata de un inaprecio del arte, sino de una comprensible idolatría sexagenaria. Además a las vírgenes desteñidas ya nadie las quiere, pero a los lienzos que iluminan tristes paredes, sí.

miércoles, 13 de mayo de 2009

La otra Peter Pan

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

Ese maldito ruido le martillaba el cerebro. ¿Por qué la habían atado? ¿A dónde más podría ir si la voluntad y los impulsos se le habían escapado por las heridas que ella misma se había dibujado en las muñecas?
Pasó la vida entera huyendo. Y cuando finalmente se atrevió a cruzar la cortina de sus miedos, se encontraba con esto. La muerte no podía ser aquella burla cruel y absurda. Una cama de hospital. Y el lamento de un reloj: mar-cán-do-le- (tic) -e-se-nue-vo- (tac) - y eterno tiempo.
Cerró los ojos y en su oscuridad volvió a buscar la tierra del nunca jamás.

viernes, 8 de mayo de 2009

Rosa María y el manjar

Me gusta Rosa María Palacios. Tiene un no sé qué que me atrae y hace que religiosamente la vea cada noche. Qué será. ¿Acaso su inteligencia, su manera de hablar? ¿Acaso sus ojos claros o su cabello castaño? ¿O será la seguridad que proyecta, su experiencia, su atrevimiento? ¿Su sorna y gracia, tal vez? No sé. Qué será. Pero me hipnotiza, me hace sonreír, reclamar, enojarme, indignarme, creer, descreer, divertirme, entristecerme y sentirme feliz ante la extraña y dura realidad. Y todo a las 23 horas, de lunes a viernes. Sé que tiene detractores, pero no me importan. Ella es lo máximo y me encanta. Hasta me atrevo a decir que es mi tipo... y me sonrojo.

Y hablando de gustos exquisitos: Hace unos días comí el mejor manjar blanco de mi vida treintañera. Una delicatessen digna de cualquier mesa sibarita. Una preciosura del sabor. Una caricia para los sentidos. Un orgasmo gastronómico. Su nombre: Soledad. Su procedencia: Caraz Dulzura. Búsquenlo y gócenlo.

lunes, 4 de mayo de 2009

Oasis y las panderetasmatagente

Es normal que un artista arroje cosas a su público en un concierto. Desde la toalla mugrienta con la que se limpió el sudor y los mocos, hasta la chalina que cubría su cuello, la camiseta transpirada, y las uñas o baquetas con las que los músicos tocan su instrumento. De todo como en feria.
Pero sólo a alguien como al empalagoso de Enrique Iglesias pudo ocurrírsele tirar la estatuilla que le entregaron en Viña del Mar. Las puntiagudas alas de la gaviota de plata fueron prácticamente un arma letal que hirió a dos fans enamoradas y excitó a la Bolocco. Han pasado nueve años desde entonces y al célebre hecho se le conoce como “el gaviotazo”.
El jueves pasado fui al concierto de Oasis. Y a Liam Gallagher no se le ocurrió mejor cosa que arrojar a la gente dos panderetas: una a mitad del show y la otra al final. La primera que lanzó asustó a todos al punto que nadie saltó a atraparla, sino que cayó al suelo y recién allí recibió el peso de varios fans. Sabe dios quién se la llevó. Pero la segunda, según me narraron mis contactos, fue atrapada por al menos diez mortales a la vez.
Los jalones y empujones no esperaron. Algunos de ellos la soltaron casi de inmediato porque se cortaron con los platillos metálicos y filudos. La pandereta pudo cortar cabezas también. Había un poco de sangre. Quedaron cinco. Todos se miraron mal y pidieron ayuda a sus grupos de amigos. Cinco también. Parecía aproximarse una gran bronca. Se insultaron, pero casi nada. La convivencia iba a ser larga. Apretaron más las manos, se entreveraron, hicieron una finta y luego empezaron a negociar.
Al final no sé en qué terminó el asunto porque el tumulto alejó a mis fuentes. Al parecer pocos lo saben, entre ellos el blog conciertosmarketperu que colgó un par de fotos del hecho: una de las caras de los cinco manganzones y otra de sus manitos y brazos unidos en el dichoso instrumento, que aquí la tienen. Alucinen.