miércoles, 23 de julio de 2008

Ella y él


Ella está tendida en medio de la habitación. Su blanco cuerpo recibe la débil iluminación de un viejo lamparín. Su boca entreabierta al igual que sus manos parece exhalar el silencio que reina en su estancia. Su mirada al vacío.

Él permanece inmóvil sobre un holgado sillón beige. El humo de su cigarrillo ensombrece la imagen de ella y los latidos de su corazón le ponen ritmo a su ausencia. Sus piernas entrecruzadas.

Es la noche menos blanca de un largo verano. El rumor del viento, blando, acompaña al secreto que envuelve los cuerpos de dos seres que se temen. Que se desean. Que se aman.

Él suspira. Rompe el silencio.
- Podría dibujar en mi sueño el abstracto de mi cuerpo y poseerlo poco a poco sin que un observador perturbe el ansiado festín. Y besarlo y abrazarlo hasta hacerlo mío.

Ella no reacciona. No le ha escuchado. Parece como si extrañara que la noche ingrese a la habitación y que fuera ella quien la tomara por asalto. No le importa nada, sólo la noche. Él prosigue en su monólogo.
- Mi piel estaría a la orilla de un celeste río, bravío, caudaloso. Se uniría a él y gozaría el castigo. Gozaría el momento sublime de morir en sus fieras aguas.

Ella cierra los ojos. Llora. Necesita ocultar el deseo de ser amada. El tiempo en la habitación no es suficiente para olvidar el instante. El instante es eterno. Dice.
- Sé de una historia incompleta que recuerda el destino de una niña solitaria. De la herida que le heredaron un día de invierno. De su estigma etéreo.

Él comprende lo escuchado. La observa y siente miedo. Finge distracción. Ella está derrengada. Estira el brazo y se obsequia una manta azul. Cubre su rostro. Llora. Él dice.
- Podría entablar contacto con mi espíritu inmutable y ofrecerle el dulce beso de la muerte. Sumergirme en su luz tétrica y obscena y navegar en ella cual gaviota en el ocaso.

Ella detiene el sollozo. Endereza el cuerpo bocarriba. Fija su mirada al sucio techo. Imagina un elefante de grandes colmillos, un león melenudo, una mariposa colorina. Dice.
- La niña debía de sonreír en todo momento. Eres una linda niña, le decía su padre. Y las niñas lindas no conocen de tristezas, decía su abuela. Están siempre felices sonriendo para los demás.

Él escucha. Una lágrima furtiva atraviesa su rostro. La desvía de inmediato. Piensa. Nunca he llorado. En frente de ella ni de nadie. Nunca. Ella continúa.
- La niña crecía al paso de los años. Siempre sola. No conocía de amores. Nadie jamás comprendió la terrible soledad de su alma ni la extrañeza de su mirada ni el color de sus ojos. Y sonreía.

Él interrumpe.
- A veces siento a mi sangre salir por los poros de mi cuerpo. Recorrer lagos y ríos y llegar a una espumosa cascada. Y caer y caer hasta tocar el fondo negro de una copa de vino. Las aguas de la cascada se tiñen de un rojo intenso. El vino es negro. Y yo sumergido.

Sus frases fuera de lugar, sus incoherencias, le abrían siempre la puerta de escape al momento, a la realidad. Eran el manifiesto de un huir de toda situación que evoque sentimientos tiernos. El subterfugio preciso para no demostrar amor, para no demostrar emociones. Asé era él. Un ser que nunca creyó amar ni ser amado. Ella no calló.
- La niña se hizo adulta. Aunque ya no existíaa en ella la obligación de una sonrisa, sonreía. La costumbre a veces es más fuerte que el propio deseo. La adulta que era niña así lo creía.

Ella llora mientras habla. Y sonríe. Dice.

-Tras su hermoso rostro y mirada de fuego ocultaba su aterradora y dulce soledad. Nunca se apartó de ella. Jamás siquiera lo pensó. Ella había nacido bajo el signo solitario del silencio. Ella era la soledad misma. La tristeza.

Ha concluido la historia. Su historia. Ella lo sabe. Llora. Sabe también que es sólo un personaje más. Sabe de su resistencia al amor, a amar y ser amada. Y que día a día se hunde en el olvido triste de las historias sin fin. Y sonríe.

Ella le ama. Nunca se lo dirá. Ella sueña con él. Nunca lo aceptará.

Él ha escuchado con atención las últimas palabras de ella. Le causa miedo. Es la historia de su historia. Siente al negro cielo abrir sus nubes, ser cogido por largas manos huesudas y ser desnudado enfrente de ella. Siente su desnudez. También él es un personaje más. También él es un reo de la soledad.

La historia llorada por ella era el aparente paliativo a su temor. Así lo creía. Al fin ve al amor delante suyo. A el amor. Largos días y noches y eternas horas eran testigos de sus pensamientos bañados de lágrimas por ella. Y la almohada, absurda, el mimo apetecido.

Él la ama. Nunca se lo dijo. Nunca le demostró siquiera. Envuelto está en el manto de la represión. Ese que ciega. Toda su vida fue lo mismo. Ahora quiere gritarle cuánto la adora. Quería gritarlo al mundo. Pero no, no lo hará.

Él la ama. Y se teme y la teme. Ella lo mismo. Ella vivirá siempre unida a él. Y distante. Él lo mismo. Y siempre él y ella sumidos en la quimera del amor.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

La soledad
Inventa la más bella aparición
Remueve los rincones del corazón
Para quedarse sola la soledad...
Con su niñez
Su mocedad
Con su vejez
Para llorar
Para morir
En soledad

P.M.

Anónimo dijo...

la quimera del amor...

V dijo...

él eres tú león
¿y ella quién es?

ms dijo...

Como dijera Silvio:

Si me dijeran pide un deseo,
preferiría un rabo de nube,
un torbellino en el suelo
y una gran ira que sube.
Un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza.

Si me dijeran pide un deseo,
preferiría un rabo de nube,
que se llevara lo feo
y nos dejara el querube.
Un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza.

...simplemente tierna y desoladora historia.

Anónimo dijo...

Soledad...es el nombre de mi prima que es bien choborra, y le dicen chapita...porque si no esta pegada a la botella, esta tirada en el piso.
Aurea

la cueva de los pájaros dijo...

preciosa historia compañero León, es el tipo de historias cuando uno piensa "yo quería escribir algo parecido" Te felicito, estoy convencido que muchos se han quedado pegados y leyéndote varias veces. Un fuerte abrazo. Mostro en serio.

Anónimo dijo...

No hay peor soledad que la de no estar acompañado.
Burro (en Shrek 1)jeje

El depresivo huye de la felicidad, porque si es feliz, ya no podría ser depresivo.

No son valientes los que no tienen miedo. Valientes son los que enfrentan sus miedos.

El verdadero amor hecha fuera el temor.

la cueva de los pájaros dijo...

este último anónimo o anónima también está leyendo a Osho?
un abrazo Quique.

paola dijo...

León:
Entré hace unos días y encontré un dibujo de ti abrazado a una chica, desnudos, los dos.
Es un relato muy inquietante y exorcizador de demonios internos.

Anónimo dijo...

Mi eterna memoria me la recordó con la primera frase... Busco el original para convencerme de que sí existe, quizá esa soledad sea yo misma.
Me obligas a enjuagar los ojos y retocar el tatuaje de la casi ya descolorida sonrisa.

Anónimo dijo...

el eres tu, ella es .......
YA fue. YA FUE. Chau